17 enero 2008
013 varios: informe prisión, 20 años después
El 2 de diciembre de 2006 Inma y yo volvimos a representar aquella escena que estrenamos en 1988 en el Teatro Campoamor de Oviedo, Sangre en una sábana...
16 diciembre 2007
Asas
Con los años, hay objetos que te acompañan aunque tú no quieras, mientras otros desaparecen por su cuenta. En estos años he ido deshaciéndome de muchos objetos, o se han esfumado sin dejar una nota. He vivido en siete lugares distintos, incluso durante un tiempo en un hotel. Tengo una bolsa desde entonces, y la bolsa me acompaña. La compré en una ciudad cuyas calles no tienen nombre. Estaba de saldo porque tenía un pequeño desperfecto. Por lo demás, estaba nueva. Me costó 24 dólares. Y diez años después la bolsa sigue igual, salvo por ese desperfecto. Es como la cicatriz de mi caída en bicicleta a los diez años: no molesta.
Hoy, por un momento, me he quedado pensando en eso mientras la tomaba de nuevo para utilizarla. He revisado la bolsa y me ha parecido muy raro que esté igual. A ella, sin embargo, le habrá parecido muy raro que en ese tiempo mi vida haya cambiado tanto. Cuando he abierto su larga cremallera de lado a lado y he introducido mi equipaje, un reloj, un portátil, un libro..., me ha parecido que mi bolsa era feliz. Quizá porque la he vuelto a llenar de ropa y objetos ha pensado que después de diez años de llevarla por todas partes, bajo todas partes y dentro de todas partes, sigo con ella. Seguramente ha pensado más de una vez que algún día me desharía de ella, o la perdería, la olvidaría, la rellenaría de cosas inservibles y la almacenaría en cualquier trastero. Pero sus peores temores no habrán sido esos, sino ser robada, tironeada, descosida, regalada o reutilizada por alguien con menos escrúpulos que yo.
A ella siempre le han gustado las cosas sencillas, que la agarrara de las asas, que pasara mi brazo por dentro de ellas y la colgara en mi costado mientras camino hacia algún lugar que nunca fue para siempre.
Y hoy he vuelto a tomarla de las asas dejándome llevar por una extraña satisfacción. He salido a la calle con ella. Ambos sabemos que dentro está muy seguramente todo lo que necesito.
Hoy, por un momento, me he quedado pensando en eso mientras la tomaba de nuevo para utilizarla. He revisado la bolsa y me ha parecido muy raro que esté igual. A ella, sin embargo, le habrá parecido muy raro que en ese tiempo mi vida haya cambiado tanto. Cuando he abierto su larga cremallera de lado a lado y he introducido mi equipaje, un reloj, un portátil, un libro..., me ha parecido que mi bolsa era feliz. Quizá porque la he vuelto a llenar de ropa y objetos ha pensado que después de diez años de llevarla por todas partes, bajo todas partes y dentro de todas partes, sigo con ella. Seguramente ha pensado más de una vez que algún día me desharía de ella, o la perdería, la olvidaría, la rellenaría de cosas inservibles y la almacenaría en cualquier trastero. Pero sus peores temores no habrán sido esos, sino ser robada, tironeada, descosida, regalada o reutilizada por alguien con menos escrúpulos que yo.
A ella siempre le han gustado las cosas sencillas, que la agarrara de las asas, que pasara mi brazo por dentro de ellas y la colgara en mi costado mientras camino hacia algún lugar que nunca fue para siempre.
Y hoy he vuelto a tomarla de las asas dejándome llevar por una extraña satisfacción. He salido a la calle con ella. Ambos sabemos que dentro está muy seguramente todo lo que necesito.
28 noviembre 2007
20 años de sangre en una sábana
Hace veinte años mi amigo González y yo decidimos escribir una obra de teatro. Ya habíamos escrito algunas cosas juntos, pero nunca teatro, a pesar de que desde hacía unos años formábamos con compañeros de instituto una compañía de teatro. En diciembre de 1987 nos comunicaron que habíamos ganado un premio nacional del Ministerio de Cultura para menores de 30 años, el Marqués de Bradomín.
Al año siguiente estrenamos la obra con aquella compañía, Jácara Teatro, en el Teatro Campoamor de Oviedo. Ésta es la escena en la que mejor lo he pasado interpretando.
Al año siguiente estrenamos la obra con aquella compañía, Jácara Teatro, en el Teatro Campoamor de Oviedo. Ésta es la escena en la que mejor lo he pasado interpretando.
05 noviembre 2007
Aleteos
Sofía Su-Wei tiene tres años y está convencida de que vuela. Para ella es muy sencillo, solo tiene que extender los brazos y agitarlos de arriba a abajo. Entonces se eleva lentamente sobre el suelo varios minutos. Con un poco de práctica ha conseguido transitar desde la cama hasta el salón, procurando no despintarse las uñas cuando se golpea en las paredes del pasillo. Lo difícil no es girar, ya que se ayuda de los pies, sino abrazar a sus padres en vuelo sin perder un centímetro de altitud.
Hace poco agitó tanto los brazos y voló tan alto, que se quedó pegada en el techo y no bajó hasta que su madre le hizo cosquillas con el palo de la escoba. Y aunque solo ocurrió una vez y porque estaba enfadada, desde entonces su padre le prohíbe alzar el vuelo fuera de la habitación de juegos. Ambos, padre y madre, consideran ahora vender el ático y marcharse al campo para alejar a sofía de esta ciudad tan llena de cables. Los dos terminaron por acostarse muy tarde tratando posibilidades y planes, pero al fin durmieron felices y relajados gracias a ese ruido que produce el aleteo de Sofía al otro lado de la pared.
Y todo por culpa del tío Paco, que no se le ocurre otra cosa que enseñarle a volar.
18 octubre 2007
El cine de la avenida
La avenida es tan pequeña que su título parece una broma. En aquella acera hice cola con mi madre y mis hermanos para ver Tiburón. No solíamos salir, mi madre estaba sola y no le debía de apetecer mucho. Por ese motivo el mundo exterior era particularmente excitante. Salir era una expedición. Además, nosotros vivíamos en medio del bullicio del centro de la ciudad.
Hace poco, después de dejarte en la oficina, me detuve un instante delante su puerta. Está clausurado hace tiempo. Han quitado su marquesina hollywoodiense. Bajo esa marquesina y en la fachada había fotogramas coloreados de las películas y la taquillera y el acomodador te daban la impresión de entrar en un lugar fascinante. Dentro, las paredes estaban adornadas con fotos de estudio de grandes estrellas, como Robert Redford con mostacho y vestido de vaquero, o Sarita Montiel mirando de perfil la telaraña del techo. En la primera planta había nichos donde se anunciaban productos de tiendas del centro, como artículos de mercería o de caza. En uno de los nichos había una pirámide de ovillos de lana, en otro había un conejo disecado, de pie, con una cartuchera y un sombrerito tocado de una pluma.
No recuerdo la última película que vi en aquel cine del centro, solo recuerdo aquella noche en la que me llevaron y mi tío paró justo delante de la marquesina. Mí tía y yo bajamos del coche y me tomó de la mano, previendo tráfico. Parecíamos Natalie Wood y Mickey Rooney. Mi tío salío para aparcar su ranchera color plátano y regresó pocos minutos después con su bolso de mano. En cuanto llegó hasta nosotros, mi tía pasó su palma sobre el pelo todavía mojado de él y arregló el peinado y le dio una palmadita final muy a lo Varón Dandy. Como si unos metros más allá los flashes estuvieran a punto de estallar y la alfombra roja esperara nuestro paso hasta una butaca preferente del último pase para el público.
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