12 marzo 2008

El sistema D'Hondt y la madre que lo parió

Ella y yo teníamos el voto decidido hace tiempo. No votamos al mismo partido, pero practicamos un respeto mutuo, eso quiere decir que nunca he pretendido la izquierdofagia que ha sufrido IU esta legislatura a manos del PSOE. Ella ha sido fiel y no ha sucumbido al ruido de los bombardeos del PP en estos cuatro años ni a las lisonjas legislativas de ZP.

A cambio, desde ayer observo una picazón que no se me va. Ella me leyó las cartas y concluyó que la picazón es síntoma de una enfermedad crónica. Ahí hay algo de vendetta, respondí. Ella casi nunca se equivoca, pero ese diagnóstico suyo de tarot gitano es uno de esos "casi". Mi picazón no es síntoma de enfermedad alguna. Es una somatización de mi conflicto de conciencia. Eso si puede llegar a ser crónico.

Si el PSOE ha engordado e IU se ha empequeñecido, a nosotros nos ha pasado al revés. Esta mañana Ella me ha mirado y ha observado que mis pantalones me quedaban más grandes. Como si hubiera pasado una gripe. Antes de despedirme, le he preguntado si su jersey de punto había encogido. La fidelidad de Ella la ha hecho un poco más grande y a mí más pequeño. No sabe que ahora mis miradas de reojo mientras duerme, camina por la casa o lee ante el ventanal que da al norte, tienen más admiración y menos curiosidad.

La noche el 9M, mientras desentrañábamos el sistema D'hondt sobre el edredón hasta agotar la mina del lápiz, yo estaba satisfecho. Y no por la derrota de la derecha. Sino por mi propia victoria: puede que IU esté perdiendo su lado derecho y que el PSOE esté acabando con su lado izquierdo, pero a cambio, a mi lado hay alguien grande, muy grande.

17 enero 2008

013 varios: informe prisión, 20 años después

El 2 de diciembre de 2006 Inma y yo volvimos a representar aquella escena que estrenamos en 1988 en el Teatro Campoamor de Oviedo, Sangre en una sábana...


16 diciembre 2007

Asas

Con los años, hay objetos que te acompañan aunque tú no quieras, mientras otros desaparecen por su cuenta. En estos años he ido deshaciéndome de muchos objetos, o se han esfumado sin dejar una nota. He vivido en siete lugares distintos, incluso durante un tiempo en un hotel. Tengo una bolsa desde entonces, y la bolsa me acompaña. La compré en una ciudad cuyas calles no tienen nombre. Estaba de saldo porque tenía un pequeño desperfecto. Por lo demás, estaba nueva. Me costó 24 dólares. Y diez años después la bolsa sigue igual, salvo por ese desperfecto. Es como la cicatriz de mi caída en bicicleta a los diez años: no molesta.

Hoy, por un momento, me he quedado pensando en eso mientras la tomaba de nuevo para utilizarla. He revisado la bolsa y me ha parecido muy raro que esté igual. A ella, sin embargo, le habrá parecido muy raro que en ese tiempo mi vida haya cambiado tanto. Cuando he abierto su larga cremallera de lado a lado y he introducido mi equipaje, un reloj, un portátil, un libro..., me ha parecido que mi bolsa era feliz. Quizá porque la he vuelto a llenar de ropa y objetos ha pensado que después de diez años de llevarla por todas partes, bajo todas partes y dentro de todas partes, sigo con ella. Seguramente ha pensado más de una vez que algún día me desharía de ella, o la perdería, la olvidaría, la rellenaría de cosas inservibles y la almacenaría en cualquier trastero. Pero sus peores temores no habrán sido esos, sino ser robada, tironeada, descosida, regalada o reutilizada por alguien con menos escrúpulos que yo.

A ella siempre le han gustado las cosas sencillas, que la agarrara de las asas, que pasara mi brazo por dentro de ellas y la colgara en mi costado mientras camino hacia algún lugar que nunca fue para siempre.

Y hoy he vuelto a tomarla de las asas dejándome llevar por una extraña satisfacción. He salido a la calle con ella. Ambos sabemos que dentro está muy seguramente todo lo que necesito.

28 noviembre 2007

20 años de sangre en una sábana

Hace veinte años mi amigo González y yo decidimos escribir una obra de teatro. Ya habíamos escrito algunas cosas juntos, pero nunca teatro, a pesar de que desde hacía unos años formábamos con compañeros de instituto una compañía de teatro. En diciembre de 1987 nos comunicaron que habíamos ganado un premio nacional del Ministerio de Cultura para menores de 30 años, el Marqués de Bradomín.

Al año siguiente estrenamos la obra con aquella compañía, Jácara Teatro, en el Teatro Campoamor de Oviedo. Ésta es la escena en la que mejor lo he pasado interpretando.

05 noviembre 2007

Aleteos



Sofía Su-Wei tiene tres años y está convencida de que vuela. Para ella es muy sencillo, solo tiene que extender los brazos y agitarlos de arriba a abajo. Entonces se eleva lentamente sobre el suelo varios minutos. Con un poco de práctica ha conseguido transitar desde la cama hasta el salón, procurando no despintarse las uñas cuando se golpea en las paredes del pasillo. Lo difícil no es girar, ya que se ayuda de los pies, sino abrazar a sus padres en vuelo sin perder un centímetro de altitud.

Hace poco agitó tanto los brazos y voló tan alto, que se quedó pegada en el techo y no bajó hasta que su madre le hizo cosquillas con el palo de la escoba. Y aunque solo ocurrió una vez y porque estaba enfadada, desde entonces su padre le prohíbe alzar el vuelo fuera de la habitación de juegos. Ambos, padre y madre, consideran ahora vender el ático y marcharse al campo para alejar a sofía de esta ciudad tan llena de cables. Los dos terminaron por acostarse muy tarde tratando posibilidades y planes, pero al fin durmieron felices y relajados gracias a ese ruido que produce el aleteo de Sofía al otro lado de la pared.

Y todo por culpa del tío Paco, que no se le ocurre otra cosa que enseñarle a volar.