EL PUNTO de vista es lo importante, decía el Maestro Pernías. Porque fotos se hacen hasta con un bote de Cola-Cao. Un viernes, sobre las cinco. Temporal en Sierra Nevada, febrero de 2004. Parece un gato que se asoma por el alféizar de una ventana. La hizo Ãlvar, 5 años, con un Nokia 6610.
27 febrero 2004
Los ojos del gato
EL PUNTO de vista es lo importante, decía el Maestro Pernías. Porque fotos se hacen hasta con un bote de Cola-Cao. Un viernes, sobre las cinco. Temporal en Sierra Nevada, febrero de 2004. Parece un gato que se asoma por el alféizar de una ventana. La hizo Ãlvar, 5 años, con un Nokia 6610.
01 enero 2004
Despegue
Ni siquiera el primer beso se puede comparar con esa sensación. Diez segundos antes del despegue, imaginaba a mi madre preguntando en comisarías, en los hospitales. Imaginaba a mi padre escribiendo cartas al periódico, esperando que alguien le pudiera dar una mínima pista de su hijo desaparecido. Imaginaba a mis hermanos sentados a la mesa, disimulando su risa de felicidad viendo mi silla vacía, sospechando la verdad. Imaginaba a mi abuela arrodillada en la iglesia, mirando el cielo, justo donde yo me encontraba cincuenta minutos de cada viernes.
Nada se puede comparar con esa sensación: sincronizar con la base el proceso de ignición, oír el golpe de mi corazón en los oídos, esperar y esperar viendo el reflejo de mi cara en el vidrio de la escafandra. Esperar y esperar la cuenta atrás para por fin despegar de la tierra, atravesar la atmósfera, sumergirme en el espacio. Y así, flotar en el cosmos durante casi una hora, envuelto en la ropa colgada de mis padres, dirigiendo la nave con una percha, mientras mi famila me busca incesantemente. Finalmente regresar a la tierra, aterrizar sobre el dormitorio de mis padres y salir de la cápsula caoba, donde hoy mi madre guarda su viejo abrigo de visón.
Nada se puede comparar con esa sensación: sincronizar con la base el proceso de ignición, oír el golpe de mi corazón en los oídos, esperar y esperar viendo el reflejo de mi cara en el vidrio de la escafandra. Esperar y esperar la cuenta atrás para por fin despegar de la tierra, atravesar la atmósfera, sumergirme en el espacio. Y así, flotar en el cosmos durante casi una hora, envuelto en la ropa colgada de mis padres, dirigiendo la nave con una percha, mientras mi famila me busca incesantemente. Finalmente regresar a la tierra, aterrizar sobre el dormitorio de mis padres y salir de la cápsula caoba, donde hoy mi madre guarda su viejo abrigo de visón.
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