25 mayo 2004

Minkowsky



EL HOMBRE de enfrente no deja de mirarme. El caso es que me resulta familiar. Quizá coincidimos en otro viaje. Al fin y al cabo debe de ir al mismo lugar que yo. Seguramente hace este mismo viaje a menudo, como yo. No sé si saludarle, porque no sé de qué le conozco. Debo de haber coincidido con él en algún lugar en otro tiempo. Puede que sea yo mismo y que la coincidencia no sea sólo el lugar sino también el tiempo. Así que o soy yo o es Minkowsky.

13 marzo 2004

Atocha, horas antes



EL HOMBRE del traje marrón asegura que le debe la vida al paquete de Nobel. Cuando llegó al andén, se echó la mano a los bolsillos: se había dejado el paquete sobre la mesa. Así que decidió volver a subir las escaleras para cruzarse, sin saberlo, con una docena de personas que nadie verá nunca más. Hoy me he cruzado yo con el hombre del traje marrón. Estaba sentado, con la mirada amenazando la entrada, pensando que parece que han pasado años desde el 11 de marzo. Y la ceniza cae sobre el escudo de su empresa de seguridad.

12 marzo 2004

Siete, ocho minutos

Siempre es el mismo trayecto después de casi dos años: salgo del tren, cambio de andén, espero ese cercanías que me lleva a Recoletos. Son esos siete, diez minutos que comparto mi vida cada con gente como la que dejó de existir el día 11. En esos siete, ocho minutos, he visto a rumanos tocar virtuosamente Bésame mucho con un acordeón destartalado, a peruanos abrazarse, a marroquiés reírse a boca tendida de un compañero dormido sobre el asiento, a ecuatorianas explicarse unas a otras la última lección de inmersión española. Hemos ayudado a subir las últimas escaleras hasta la salida porque no se puede con la carga de un trabajo y la silla de un bebé; nos hemos atrincherado en las escaleras mecánicas, hemos cruzado miradas con actrices, bailarines, músicos, ingenieros, albañiles, parados, estudiantes... Ayer, la concejala de Asuntos Sociales de Madrid, la misma que presentó su programa de beneficencia en el Hotel Ritz, decía que lo que más le duele por encima de todo son las víctimas. ¿Hay otra cosa que pueda doler? Hoy me abrazo de nuevo al mismo tubo y doy gracias al destino por cruzar de nuevo esas vías en busca del tren que me lleva en la primavera de Madrid, de Recoletos a Castellana camino de mi trabajo. Hoy doy gracias al destino por haberme dado sitio en ese tren cada semana. Doy gracias porque no olvidaré. Supe de la muerte de algunos niños, pensé en mi hijo: cuando él volvía de la escuela, le dijeron que habían puesto una bomba en Madrid. Mi hijo lloraba pensando que la bomba había hecho explotar todo Madrid y con él, a su padre. Nada mejor que las lágrimas de mi hijo para poder explicar lo que no pude ese día, para poder entender qué había pasado. Simplememente, mi hijo tenía razón: todo Madrid murió el 11 de marzo.

Hoy, en esta primavera que es invierno en Madrid, guardo mi billete de tren con destino a Alicante, fecha 11 de marzo, un billete que dice que yo debería haber subido a un tren en Atocha y que no lo hice porque doscientas personas dejaron de existir para que yo pudiera volver a abrazar a mi hijo Álvaro. Hoy puedo seguir esperando en ese andén el próximo tren a Recoletos, y puedo vivir sabiendo que nosotros no rezamos el Apoyarás a Bush Sobre Todas Las Cosas de la biblia capitalista, por más que los profetas de Las Azores nos lo hiceran escribir con la mano derecha. Yo no doy gracias a dios, ni rezo. Simplemente voy de nuevo en ese tren e intento levantar bien la cara y mirar bien a la ojos a la gente de esta ciudad para que sepan que vivo en Chamberí.

27 febrero 2004

Los ojos del gato

Ojos de gato

EL PUNTO de vista es lo importante, decía el Maestro Pernías. Porque fotos se hacen hasta con un bote de Cola-Cao. Un viernes, sobre las cinco. Temporal en Sierra Nevada, febrero de 2004. Parece un gato que se asoma por el alféizar de una ventana. La hizo Ãlvar, 5 años, con un Nokia 6610.

01 enero 2004

Despegue

Ni siquiera el primer beso se puede comparar con esa sensación. Diez segundos antes del despegue, imaginaba a mi madre preguntando en comisarías, en los hospitales. Imaginaba a mi padre escribiendo cartas al periódico, esperando que alguien le pudiera dar una mínima pista de su hijo desaparecido. Imaginaba a mis hermanos sentados a la mesa, disimulando su risa de felicidad viendo mi silla vacía, sospechando la verdad. Imaginaba a mi abuela arrodillada en la iglesia, mirando el cielo, justo donde yo me encontraba cincuenta minutos de cada viernes.

Nada se puede comparar con esa sensación: sincronizar con la base el proceso de ignición, oír el golpe de mi corazón en los oídos, esperar y esperar viendo el reflejo de mi cara en el vidrio de la escafandra. Esperar y esperar la cuenta atrás para por fin despegar de la tierra, atravesar la atmósfera, sumergirme en el espacio. Y así, flotar en el cosmos durante casi una hora, envuelto en la ropa colgada de mis padres, dirigiendo la nave con una percha, mientras mi famila me busca incesantemente. Finalmente regresar a la tierra, aterrizar sobre el dormitorio de mis padres y salir de la cápsula caoba, donde hoy mi madre guarda su viejo abrigo de visón.