25 julio 2005

El viento, de Mignona

Cartel de El Viento El Viento , España,Argentina (2005). Guión de Eduardo Mignona y Graciela Maglie. Dirección de Eduardo Mignona. Intérpretes: Federico Luppi,Antonella Costa.

Dice Tomaz Pandur que el único infierno existente es saber que uno terminará muriendo.

Frank, un viejo de la Patagonia, viaja a Buenos Aires para decirle a su nieta que la madre de ella ha muerto. Pero en el fondo, es mentira. Porque la vida de este campesino disfrazado de Federico Luppi está encarrilada en una mentira. Siempre que mentir también consista en no medir el efecto de un secreto.
Anoche, salí del cine y entré en un Madrid desierto, de bares con las sillas de punta. Di un paseo como quien espera la salida del periódico. Pensé cómo hace Luppi para vestirse tan parsimoniosamente de un personaje y no olvidar ni el reloj ni las llaves de aquél sobre la mesilla.
Una vez estuve en Argentina y vi cómo los ríos y los actores son profundos, caudalosos, pero rápidos. Si uno se sienta, puede ver pasar islas flotantes en el Paraná. Como ve pasar las vidas de los demás. También a veces bajan animales nunca vistos. A veces, uno va al cine y se encuentra con ellos.
Lo demás es desnudar la película. Y eso ya es cosa vuestra.

31 mayo 2005

Mauthausen

Mi tío abuelo murió en un campo de concentración. Había decidido que luchar para Franco no entraba en sus planes, así que decidió traspasar la frontera con Francia y llegó a uno de los campos de refugiados que los franceses habían dispuesto en las playas del sur de ante la ocupación franquista de Cataluña. Existe una foto. La vi cuando tenía más o menos la edad que él representa en esa foto. Mi tío abuelo está apoyado en una alambrada, sosteniendo entre los dedos un cigarrillo encendido, con una sonrisa de estudio. Cuando Hitler invadió Francia, le preguntó a Franco qué hacía con aquellos españoles. Al parecer, Franco no consideró siquiera firmar sus penas de muerte, de modo que Hitler los invitó a mudarse a los campos de concentración de Austria o Polonia.

Mi tío abuelo recorrió un camino que comienza en Larache (Marruecos), pasa por Alicante, Barcelona, Francia, y termina en Gusen, Austria. Fue uno de los primeros en llegar a un pequeño campo de concentración que tenía como fin construir Mauthausen. Cada día caminaba varios kilómetros hasta una cantera donde trabajaba de sol a sol. Allí, veía morir a sus compañeros despeñados por el barranco por los soldados nazis. Y después, la nada. Lo último que se sabía de él es que había pasado por el cuartel donde mi abuelo estaba detenido y le había saludado con la mano, dándole a entender que se fugaba al Marruecos francés. Eso fue en 1936.

Años después, el cartero dejó un sobre en casa de su hermana, mi abuela paterna. Un pequeño documento en su interior informaba que mi tío abuelo, Antonio Llovet Ocaña, estaba enterrado en una fosa común en un campo de concentración nazi, Mauthausen.

Desde la huída a Francia, su familia había tenido la esperanza de que habría conseguido sobrevivir, y de que se habría unido al frente para liberar París. Soñaban con que fuera uno de esos héroes que aparecían en los diarios parisinos levantando la bandera tricolor, bebiendo champán o besando a jóvenes francesas. Soñaban con que, firmada la paz, regresaría a La Línea para hablarles del barrio de Saint Michel o de la vista de París desde la iglesia de Saint Sulpice.

65 años después he encontrado una página que dice dónde y cuándo murió mi tío abuelo. Es lo único que nosotros, gente que nunca pudo conocer, familia que nunca adivinó que tendría, sabemos de él.

05 abril 2005

La sonrisa de Dolores

Dolores descubrió un día que en su marido habitaba un fantasma. Era un fantasma muy antiguo, una adolescente delgada y esbelta que paseaba levitando entre pupila y pupila de su marido, como si no lo supiera. No siempre se aparecía: las raras veces que Dolores veía ese espectro era cuando su marido perdía la mirada con las manos al volante, de vuelta a casa de una de sus excursiones de fin de semana, o frente a cualquier paisaje formidable. En cuanto Dolores le golpeaba en el hombro suavemente o la luz verde del semáforo se encendía, la chica desaparecía rauda por el rabillo del ojo.

Nunca supo quién era ese fantasma ni por qué habitaba caprichosamente en su marido, pero en pocos años aquello se volvió incómodo y Dolores decidió que tenía que poner fin. Intentó convencer a su marido de que había que hacer desaparecer ese fantasma, pero no obtuvo ningún éxito. Perdida ya toda esperanza, Dolores decidió abandonar a su marido.

Muchos años después, de regreso a la ciudad, Dolores esperaba para cruzar la avenida cuando distinguió en frente a su antiguo marido. Se le veía feliz e iba del brazo de una mujer. Dolores no pudo reprimir observarla más a ella que a él. Era una señora de aspecto mayor, poco cuidada y demasiado gorda -pensó- para el gusto de su marido. Durante unos instantes, Dolores se dejó llevar por la satisfacción de sentirse más joven y más guapa que aquella señora estirando su cuello y pasándose la lengua por el labio superior justo antes de iniciar la marcha. Y cuando Dolores estuvo a punto de cruzarse inevitablemente con ambos y vio de cerca la cara rolliza y el cuerpo fofo de la mujer embutido en un vestido feo, no pudo reprimir su sonrisa.

Dolores giró la vista cuando la pareja se alejó. Observó por última vez al que había sido su único marido, y la observó después a la mujer cómo caminaba, casi levitando sobre el pavimento. Y pensó que los fantasmas envejecen muy mal.

15 febrero 2005

El misterioso suceso del edificio Windsor

Anoche observé que mi calle estaba cortada de un lado a otro. Cuando iba a cruzarla, al borde de la acera, una mujer de pelo lacio y teñido, enfundada en un manteau beige et gants roses, se dirigía a una cámara de televisión. A varios metros, un par de mujeres igual de elegantes se situaban en idéntica pose. Por un momento pensé que habían sustituido los semáforos por reporteras.

Al otro lado de la acera, un señor de aspecto excéntrico y la mano oculta en el bolsillo, miraba un punto oscuro en el cielo con sonrisa de satisfacción.

Hoy caían diminutos copos de nieve en la calle. Al levantar la cabeza, he visto el esqueleto negro del edificio Windsor. De pronto, en el mismo lugar, el mismo señor de anoche. Le he dirigido un corto saludo, pero ha permanecido mirando con la misma sonrisa otro punto en el cielo. Esta vez, un punto ocupado por el vetusto y horroroso edificio de la Compañía Telefónica.

En ese momento he caído en la cuenta de que algo extraño estaba a punto de suceder. Algo por lo que, seguramente, esta noche mi calle se volverá a llenar de reporteras. Antes de poder dirigirle una mirada más, el hombre se ha desabrochado el abrigo y ha sacado un enorme cañón de fáseres comprimidos y ha apuntado al edificio de la Compañía Telefónica, sin duda con el fin de disparar contra él y dejarlo en la más absoluta ruina.

En ese momento, mientras yo observaba atento cómo el hombre inclinaba su cabeza tras la mira guiñando el ojo derecho, le he dicho:

-Espero que esta vez no falle, monsieur.

09 febrero 2005

He visto pasar a mi padre

Hoy ha sido un día de lluvia. Los días de lluvia son días donde paso la uña por una masa pegajosa que adhiere los vidrios a las ventanas. Las ventanas son azul plomo, como el mar donde vive papá.

Yo esperaba a mi padre. Entonces yo había perdido la voz. Un médico gordo y con gafas me dejó sin voz con cuatro años: la arrojé a un cubo que sostenía una enfermera, acompañada de un charco de sangre. Luego, esperé a mi padre en el hospital. Lo esperaba todas las noches, mirando por la ventana que daba al mar. Y ya amaneciendo, miraba a mi madre, durmiendo en el sillón, con la cabeza reposada sobre el hombro, como un pato desnucado. Yo quería preguntarle por qué papá no había llegado, pero yo no tenía voz.

Cuando mi padre pudo llegar, se sentó a mi lado y me hizo un gesto con su mano a la altura de la garganta, como preguntándome: ¿te duele? Yo contesté que no, ladeando la cabeza.

Esta mañana de lluvia, mientras conducía, he visto a mi padre en su coche azul marino. He apretado el acelerador y he puesto mi coche a su altura. Por unos segundos hemos ocupado la autovía nosotros dos. Cuando he tocado el claxon, quizá ha pensado que era un extraño avisándole de algún peligro. Por fin, me ha reconocido y ha sonreído. He levantado la mano, saludándolo desde el silencio de mi coche. Él ha levantado la suya, devolviéndome el saludo desde el silencio del suyo.

Después, he tenido que alejarme, dejándole atrás, cada vez más pequeño en mi retrovisor, pero sin dejar de mirar su coche azul marino por el espejo, y viendo cómo seguía con la mano levantada, haciendo el mismo gesto que cuando entró en la habitación del hospital y me preguntó si me había dolido la operación de amígdalas.

He pensado que sí que dolió, que nunca dejó de doler.