17 junio 2007

14 junio 2007

Suspicion

Antes o después todo espía se entrega a la posibilidad de que acaben con él. No sé si aquella noche ella supo que yo habría puesto mi nuca en bandeja de todos modos, con la certeza de que ella trabajaba para el otro lado.

Todo empezó una noche de junio, en el junio más corto de los últimos años. La vi entrar en el restaurán con aquel vestido y su larga cabellera negra, deslizándose entre las mesas hasta pasar por mi lado y dedicarme su sonrisa. Yo sabía que una noche cualquiera terminaríamos frente al ventanal de una habitación de hotel, a orillas del mar. Sabía que acabaría acariciando esa cabellera, que acabaría despojándola del vestido mientras ella me decía que se podían ver las montañas y el final del océano desde esa habitación. Pero yo solo veía a una peluquera despedir de su salón a un niño con el pelo brillante y rasurado y algo más lejos un hombre vestido de oscuro. Sabía que una noche como ésa sería el momento adecuado para mecerme en su abrazo, acariciar su fina piel inalterada por los crímenes y las huidas, besar la mancha que rodea su ombligo como una constelación. Sabía de todos los peligros que corría en esa una única noche y con todo no me importó morder sus labios infinitamente, susurrarle en el hoyuelo de su barbilla Partiam, ben mio, da qui, y alejarme de esta profunda mentira en la que vivimos siempre los amantes y los espías.

Y posiblemente ella también lo sabía. Llegó esa noche. Me olvidé de mi seguridad mientras sospechaba que detrás de mí vigilaba con sus negros y brillantes ojos, yo acariciando el gatillo; ella, buscando el veneno en su bolsillo. Por algo la llamaban Ojos de Gata. Posiblemente ella tenía tambien menos confianza en mí que Lina McLaidlaw en Johnnie.

Pero esa noche no sucedió lo que casi siempre ocurre a los que han perdido su identidad. Quizá porque era 13, o porque en el fondo soy un hombre de suerte, no utilicé el arma y ella dejó la cápsula intacta. Dejamos pasar la noche sabiendo que a partir de ese momento nuestras vidas correrían peligro para siempre. No poseemos lo que no comprendemos.

Olvidé deliberadamente mi viejo reloj a su lado. A partir de aquel momento, mi tiempo ya dependía únicamente de ella. Ya nada es igual. Tras esa madrugada quedé sumido en una profunda felicidad de la que confieso no haber conseguido todavía escapar.

14 mayo 2007

Sofía

La señora de la frutería me habla de Jorge Reichmann. El pasado no existe, pero tampoco te puedes deshacer de él. Según Reichmann sólo vives si en medio de ese tránsito sabes construir un nido, dice la frutera, y hace un círculo con el dedo y me devuelve el cambio. Es cierto: si me deshiciera del pasado, él se lo llevaría todo, se llevaría también lo bueno, como las riadas se llevan vehículos y bacterias.

Eso me hace pensar que ella siempre ha estado en mi tránsito. Salvo en estos diez años de terror y naufragio, como diría Reichmann. Recuerdo algunos momentos, y de pronto aparece ella, casi desconocida, menuda. Aparece su voz de mástil rasgando la cuerda del cello, de la nota baja constante del preludio. Allí está ella, en la butaca de al lado, aplaudiendo conmigo. Allí está ella, sentados los dos frente al mar, cayendo la tarde y contándonos, corriendo tras una llamada: ha nacido Àlvar. Allí en esos momentos, cuando quieres partir un trozo de ti y entregárselo a alguien, de pronto aparece ella y siento el calor de su mano y no entiendo por qué ella. Pero yo entiendo tan poco.

Ella no lo sabe, pero también estaba mientras caminaba por Sebástopol, cargado con la cámara, comprando el Livre de Manuel en Montparnasse, en el pequeño cementerio por el que corre el río. Por el gran río del Paraná, sentado en otra butaca, en los salones de tango de Buenos Aires. Escribiendo en un café de Sevilla, callejeando entre los teatros de A Baixa en Lisboa, en las barcas amarradas de Aveiro, frente al Atlántico. Nunca se lo dije.

Otra vez ha vuelto ella. Después de tanto tiempo. Después de este pasado, de un golpe a otro, como diría Reichmann o Bonavena, ha vuelto. Quisiera que se quedara para siempre y no me doy cuenta de que esto ya es siempre, o que estuviera sólo para compartir esa parte mía que no existe sin ella. Después de todo este tiempo, ahora que por fin no sé dónde puse el pasado, ahora que por fin tout ça m'est bien égal.

Sofía no sabe cuánto y de qué modo me ayudó a regresarme.

Nana para Bombón de Ron

Bombón de Ron
me habla de Rufino
los dos sentados a dos patas
bebiendo vino blanco
Rufino no acepta obsequios
pero sí un un vino blanco
y fumar habano mientras
la cabeza reposa en el estuco
mientras la noche cae
y empieza la cosa

Rufino se desvina contándole historias
de sus noches en la fábrica
de la malvasía dourada
del oporto blanco
Bombón de Ron
le habla de sus ocas
con sus collares de petunias
vestida de azul cruzando la vereda
Bombón de Ron me pide
que la lleve a mi cocina
y le cocine verso a verso
una lasaña de altea
con una salsa de estrellas

Bombón de Ron
se duerme
y una lágrima se desronea en su mejilla
soñando cascadas
caballos en Pinar del Río
y yo la arropo mientras dormida
lía las hebras de su cabello

23 abril 2007

Toro de Barro

Una noche, de vuelta a la ciudad, pregunté por Toro de Barro. Jamás habría apostado un solo céntimo a que Toro de Barro tirara la toalla. Siempre pensé que era capaz de escupir la mandíbula en el ring antes de decir me rindo. Pero hay quien dice que no es así.

Cuando regresé de nuevo a casa, creí verle doblando una esquina en el barrio de Santa Cruz. Estuve a punto de dar un silbido para que se girara y me viera. Parecía su espalda arqueada y parecía su cabeza inclinada, midiendo la distancia entre los pies. Pero el silbido se esfumó en mi garganta porque advertí que, si era Toro de Barro, a Toro de Barro no le habían pasado por encima estos últimos 20 años. Me pregunté qué habría sido de él.

Así que entré en el bar pedí un trago y pedí que me dieran noticia. Me aseguraron que Toro de Barro fue dejando de decir. No dejó de hablar, pero sí de decir. Ni las bromas de los amigos lanzando golpes en el filo de su mentón, ni las invitaciones a las veladas, ni nada de nada. Nunca más volvió a sacarse sus puños de los bolsillos. Y nunca más volvieron a recordarle que él era un tipo distinto, que habría llegado adonde él quisiera. Como si con eso fuera a desmoronarse y convertirse en polvo de arcilla.

Todavía creo que Toro de Barro regresará. Y volveremos a esos atardeceres de charla y machaquito en su pequeño apartamento, todavía creo que volveré con la excusa de otro libro, que me mirará con un solo ojo para decirme que La Flaca ya no se pasa por allí y para decirme no me hagas reír hijodeputa, que todavía me duele la rodilla. Pero sobre todo espero que un día volveré a verle bailar en el escenario hasta quedarse solo, contemplando impasible el cuerpo desparramado del contrincante. Mi estupidez me hace ver visiones a veces, así veo cómo un día se acercará por el gimnasio, que otra tarde dibujará un par de uppercuts al aire y mirará desafiante al saco, como si el saco le debiera dinero. Que finalmente se hará muy tarde y sólo quedarán los cuatro de siempre, y entonces se sacará por fin las manos de los bolsillos y subirá, y les demostrará a todos que Toro de Barro existe, vaya si existe.

Mientras tanto, me conformo con leer Los libros y la vida.