19 abril 2013

Winchester 74

Yo entonces era un niño, pero el asesinato de Miquel Grau por un ladrillazo de un militante de Fuerza Nueva me dejó una sensación de impotencia que me saqué de encima en clase de pretecnología.

Miquel Grau tenía veinte años, era miembro del Moviment Comunista del País Valencià, estaba pegando carteles para conmemorar la Diada y el tipo que le asesinó pertenecía a una familia bien dueña de unas gasolineras de la avenida de Dénia. Al tipo lo condenaron a 12 años de prisión, pero salió a los cinco con la firma del ministro Cavero. A eso lo llamaban "transición democrática".

El caso es que, aunque  yo era un niño, eso no era obstáculo para que estuviera muy cabreado, mucho.
Me imaginaba que subía al autobús hasta Foncalent, que me parapetaba en una de las rocas de la sierra, sacaba mi Winchester y le descerrajaba cuatro tiros en la cabeza a aquel tipo en la hora del paseo por el patio. Y nadie conseguía saber quién había vengado a Miquel Grau y con tanta puntería. Pero yo no contaba con un Winchester, no podía parapetarme en ninguna roca cerca de Fontcalent porque no había autobuses para Fontcalent y, por tanto, no podía coser a nadie a balazos. Y además, yo siempre he ido con los indios.

Pero disparé a mi manera. En esas fechas de la Diada, el cura nos había pedido que hiciéramos algo con arcilla en clase de pretecnología. Yo presenté una senyera ondeante, y el cura me la rechazó, dijo que nada de política, que hiciera un cenicero para mi padre o me suspendía. Tenía veinticuatro horas. Entonces me fui a casa, cogí otro bloque de arcilla, y a la mañana siguiente se lo puse sobre la mesa. El hombre se quitó las gafas, abrió los ojos todo lo que pudo, y preguntó: "¿Qué es esto?". Yo quise decirle: "He sido yo, he disparado al tipo que mató a Miquel Grau", y ahora voy a dispararle a usted, por facha y por botifler". Pero respondí lo que puede responder cualquier inútil con un bloque de arcilla: "Es un ladrillo, he hecho un ladrillo". El profesor tomó aquel tocho, le dio varias vueltas, y me preguntó después de ver un gran hueco en él: "Y esto, ¿qué es?" Es para poner la ceniza, le aclaré innecesariamente.

Me puso un cinco. Me fui a mi casa con mi ladrillo y allí le pinté las barras rojas y gualdas con la témpera de mi hermana.

08 abril 2013

Pilar Bardem habla en su camerino

Pilar Bardem estaba sentada frente a mí, de espaldas, maquillándose frente al espejo. Le hablaba a un tipo elegantemente vestido, no a mí, un tipo de unos treinta y tantos, sentado al fondo del camerino con las piernas cruzadas, pendiente de que su traje gris oscuro hecho a medida no se arrugara, con la cara abotargada por la presión de la corbata a rayas, la manos entrelazadas presionando la rodilla que se apoyaba sobre su otra pierna, el nudo del cordón cayendo a ambos lados del empeine en tenguerengue. Pilar Bardem se preguntaba cómo era posible que el teatro hubiera llegado a un acuerdo con un banco para promocionar su función. Ah, se trataba de que los universitarios fueran más al teatro y abrieran de paso cuentas corrientes. Pilar Bardem hablaba y hablaba sin parar de la desigualdad de las mujeres, de la clase dominante y de la clase dominada, de que, a pesar de la bonanza económica, del "milagro de Rato", las chabolas no paraban de crecer como hongos en el cinturón de soga de Madrid. Y de vez en cuando se detenía un rato y miraba a aquel tipo, siempre respetuosamente callado, un tanto sorprendida de que no le contradijera en nada, de que aquel engominado incluso le diera la razón. Pilar Bardem no dialogaba, era un monólogo dirigido a aquel tipo estirado. Quería recordarle que detrás de su despacho existen millones de personas que nunca han tenido la ocasión de hacer que este mundo sea más justo y que pensara por un momento cuánto él les debía. Quizá porque aquel tipo la escuchaba relajado, atentísimo, Pilar Bardem hablaba pausadamente de todo aquello, poniendo matices donde era debido, sin apresurarse, utilizando esos silencios para lanzar un ajá demoledor. Ninguno percibió que ella se había pasado hora y media hablando y maquillándose. Era seguramente la única hora y media en la que podía dar rienda suelta a sus principios en su propio camerino del Teatro Alcalá y con el enemigo delante. Pero el espectáculo debía comenzar, así que Pilar Bardem se levantó de su silla, se giró y estrechó la mano de aquel tipo del banco para despedirse, pidiéndole que hiciera algo, algo en serio sobre todo aquello. Y aquel tipo, para sorpresa de Pilar Bardem, le dijo que aquella conversación era lo mejor que había obtenido del teatro y de sus últimos años, seguramente. Que se había dado cuenta de que tenía que hacer algo, sí, y que lo haría nada más saliera por esa puerta. Pero lo que no dijo aquel tipo es que debajo de ese traje había un profesor de literatura, un tipo que había dejado de escribir teatro, de escribir relatos, alguien a quien también le jode no haber tenido la ocasión de hacer que esta sociedad sea más igualitaria. El hombre del traje gris dejó a los amigos del banco poco después y volvió a casa para hacer lo que había prometido. Y fue por eso que volví a escribir.

17 septiembre 2012

Juguetes

Foto: El nostre Alacant d'antany

Entre la fábrica de la foto y mi colegio había un descampado, unas cuantas cuevas y un promontorio donde, según un pastor, se escondían los rojos. Los de la fábrica echaban los juguetes con taras cada cierto tiempo. Trenes mal moldeados, brazos y cabezas de muñecas, ruedas de coches de bomberos, cañones de carros de combate se amontobaban en la ladera del promontorio. Y allá íbamos nosotros en el recreo, recolectábamos las piezas de unos y otros y formábamos juguetes nuevos, cadáveres exquisitos. En la mañana más fría de todos aquellos años recogimos tantas vías de tren que planeamos hacer la red ferroviaria más ambiciosa del Estado. A punto de marcharnos, uno de nosotros se dio cuenta de que tras el promontorio salía humo. Decidimos investigar a pesar de que el recreo ya se acababa e íbamos cargados de vías de tren. Cuando llegamos arriba, vimos que el humo se debía al cadáver de un perro calcinado unos metros abajo. Nos acercamos hasta él impresionados: no teníamos más que seis o siete años, nunca habíamos visto un cadáver y mucho menos calcinado. Al olor de la muerte se sumaba el olor del plástico quemado. Estuvimos mirándolo un rato cuando me di cuenta de que pegado a mi pie había un cachorro. Lo tomé, todavía estaba caliente. Quizá porque parecían juguetes no nos habíamos dado cuenta de que había más a nuestro alrededor. Eso era la muerte, pensé: está alrededor y no la ves. Soltamos las vías y recogimos todos los cachorros, seis o siete. Todavía recuerdo el contacto caliente del cachorro en mi mano pequeña, pero no puedo recordar quiénes eran mis compañeros.

A pesar del agua y del jamón de york, no pudimos resucitar a ninguno. No supimos qué hacer y el recreo se había acabado hacía mucho rato, así que alguien propuso dejarlos al lado de quien seguramente había sido su madre. Los cachorros brillaban sobre los tizne de una hoguera que se iba apagando con las gotas de lluvia. Regresamos al colegio con el estómago cerrado y entramos en clase de religión empapados. Por supuesto, conseguí que me castigaran.

27 marzo 2012

Mensaje en el día mundial del Teatro

Que vuestro trabajo sea convincente y original. Que sea profundo, conmovedor, reflexivo y único. Que nos ayude a reflejar la cuestión de lo que significa ser humano y que dicho reflejo sea guiado por el corazón, la sinceridad, el candor y la gracia. Que superéis la adversidad, la censura, la pobreza y el nihilismo, algo a lo que, ciertamente, muchos de vosotros estaréis obligados a afrontar. Que seáis bendecidos con el talento y el rigor necesarios para enseñarnos cómo late el corazón humano en toda su complejidad, así como con la humildad y curiosidad necesarias para hacer de ello la obra de vuestra vida. Y que sea lo mejor de vosotros - ya que será lo mejor de vosotros, y aun así, se dará sólo en los momentos más singulares y breves - lo que consiga enmarcar esa que es la pregunta más básica de todas: “¿Cómo vivimos?” ¡Buena Suerte!
John Malkovich

21 marzo 2012

La bicicleta de mi padre

La explosión de la armería El Gato en Alicante
No recuerda muy bien el color, diría que era roja, pero no está seguro. Aquella bicicleta sobrevivió a un viaje en alta mar, a una guerra, a la explosión de la casa donde se alojaba. Soportó todo menos lo único que no soportan las bicicletas de los niños: que estos dejen de serlo.

De Larache a Soria, de Soria a Calatayud, de Calatayud a Alicante. Seguramente, el penúltimo viaje de la bicicleta a aquella casa de la calle Altamira era totalmente innecesario. Mi padre ya tenía diez años, pero la vieja bicicleta les acompañó a su nueva casa:  la tercera y última planta del número 32. Sobre ella, solo las bohardillas y cuartos que los vecinos usaban para sus trastos. La vivienda ocupaba toda la planta. Había sido pensión antiguamente. Treinta y dos habitaciones, un lugar que atravesar como un laberinto, donde jugar con sus dos hermanos de ocho y seis años, un lugar como un faro, donde podían asomarse nada menos que a tres calles: Altamira, Capitán Meca y San Fernando.

En la planta baja había un kiosko y una armería. Era la Armería Llopis, aunque todo el mundo la conocía como la armería El Gato. Mi padre se asomaba al hueco de la escalera  y veía cómo los operarios entraban cargados de cajas de explosivos acompañados siempre por la Guardia Civil, como si aquellas cajas contuvieran en realidad el tesoro de la Isla del Esqueleto.

Era una bicicleta roja, de piñón fijo y ruedas de goma maciza
Mi abuela pensó que el olor a quemado era demasiado fuerte como para no tener importancia. Sus tres hijos estaban jugando en el salón, en la fachada que daba a la calle Altamira, esa parte del edificio que saltó por los aires tras la explosión. Comenzó a buscar por todas las habitaciones el origen de aquel olor, pidió la ayuda de la asistenta, de su hermana y de su cuñado, pero no encontraban el origen dentro de la casa. Se dirigió a toda prisa hacia la puerta, temiéndose lo peor.  Cuando salió al rellano, vio que las llamas ascendían por el hueco de la escalera. No había tiempo de salir del edificio, estaban atrapados sin remedio en medio de un incendio. Mi abuela decidió tratar de ponerlos a salvo en las habitaciones de la fachada más alejada del fuego, la que daba a la calle San Fernando.

Una explosión, luego, el silencio. Por fin abrieron los ojos y vieron que la mitad de su casa ya no existía, solo una muralla de humo que se disipaba lentamente frente a ellos dejando ver la calle. La armería El Gato había estallado por los aires, lanzando proyectiles de piedra, causando la muerte a diecisiete personas e hiriendo a más de un centenar. En ese momento, no solo habían perdido su casa y sus posesiones, sino que estaban atrapados en una de las últimas habitaciones de la última planta de un edificio a punto de derrumbarse. Y mi padre pensó que quizá el Capitán Silver había regresado a por su tesoro.

El tiempo había muerto definitivamente antes de que comenzaran a oír golpes en la pared, en un muro de casi un metro que les separaba del edificio colindante. La pared cedió, cayeron casquetes y vieron a un grupo de soldados armados con picos, gritando, reclamando que pasaran adonde ellos se encontraban. Mi padre saltó de los brazos de su madre y pasó por el hueco con la confianza que daba el ejército español, y sintió que unos brazos fuertes le agarraban y le llevaban en volandas alejándolo del peligro. Eran los brazos de su padre, el brigada de infantería José María Sanguino.

Se mudaron a una planta baja en La Florida. La bicicleta acompañó a mi padre hasta allí, no así su gramófono. Mi padre volvió a subir a ella y se dio cuenta de que ya no podía seguir pedaleando en aquella vieja bicicleta roja, de piñón fijo y ruedas de goma. Ya era demasiado mayor.

07 agosto 2011

Delfines

De niños veíamos delfines. Se acercaban hasta el casco y nadaban a nuestro lado un buen rato. Mi hermano y yo apoyábamos la cabeza en la barandilla de cubierta y los mirábamos hasta que desaparecían. Ambos pensábamos que los delfines nos aventajaban en muchas cosas. Nosotros dependíamos de un buque y ellos no.

Una vez nos cansamos de esperar y decidimos tirarnos escaleras abajo. Al final de la escalera había una barra como la de los trapecistas. La tripulación se agarraba de ella al bajar cuando había movimiento. Ascendíamos unos cuantos escalones y saltábamos hasta abajo para agarrarnos de ella. Tres, cuatro, cinco escalones; salto y las manos en la barra, me columpio y al suelo. Ya habíamos saltado a la distancia que la prudencia podía permitirnos cuando mi hermano me propuso ir a divisar delfines. Miré las escaleras de nuevo, regresé; nueve, diez, once... Estaba prácticamente en la cubierta de arriba. Podía agarrarme o no, si no me agarraba, me daría de nuca con los escalones. Mi hermano no dijo nada nuevo, "estás loco". Contuve la respiración, eché hacia adelante todo lo que mis cortos brazos daban de sí y salté, salté y volé sobre los escalones, arrecifes hasta la salvación de la barra. Volé y volé y sigo volando y flotando entre una cubierta y otra, como un delfín volador. Mis manos llegaron a toda velocidad a la barra y se agarraron a ella fuertes, mis piernas siguieron su inercia y de pronto la barra se soltó del techo y caí.

Cuando recobré el conocimiento el cocinero me tenía en brazos. Mi hermano estaba al lado. No dijo nada, solo trató de mantener lo que pudo una mueca solidaria por lo que se avecinaba. Creo que le dije: "Ya sé respirar bajo el agua".

Foto: oldbilluk  Algunos derechos reservados 

08 abril 2011

Suicidio


Tengo la suerte de que desde las dos fachadas de mi edificio puedes ver el paisaje de Cap L'Horta y la Serra d'Aitana. Está en el punto más alto del cabo, se trata de uno de esos edificios con un corredor en la fachada norte y unas escaleras abiertas que lo recorren verticalmente, como una espina. De lejos parece un animal sentado en una cima, observando el pulso del mar. Hay gente que cree que es un lugar perfecto para el estío o para el suicidio.


Uno entra por las mañanas en el ascensor, se encuentra con un vecino. Sabe que tiene que contener los datos climáticos irremediablemente hasta el luminoso rojo entre el quinto y el cuarto. Lo que no podía imaginar es que cuando me encontré a la vecina "nunca veo cine español practico el nudismo por qué le tienen que llamar matrimonio a eso", feliz esposa de "pádel mejor que tenis coche recién reparado no viajo más al tercer mundo" me asaltara con aquella noticia: "Una mujer se ha lanzado desde el octavo".

Al principio no la entendí, a pesar de que el mensaje era gramaticalmente irreprochable y suficientemente desambiguado, y respondí que, en efecto, este año estaba siendo más seco. ¿Se ha lanzado una mujer desde el octavo? Repetí cuando ya apoyaba mis cinco dedos en la puerta y la mujer salía de la cabina. Sí, la del tercero se la ha encontrado cuando llevaba a su hija al colegio. No se sabe quién es, su cuerpo está detrás, en el parking, la policía lo ha cubierto con una sábana.

La vecina me siguió comentando que la mujer, de unos cincuenta y cinco, gordita, de pelo corto y oscuro, se había lanzado justo desde el piso superior al nuestro. No pude dejar de pensar en la imagen de una persona cayendo al vacío a mi lado mientras salgo de casa. A continuación, la vecina se quitó las gafas con dificultad, como quien se quita un rostro de látex, me apuntó con una patilla, y me susurró: " No sé si debería ser yo quien te diga esto. La señora ha preguntado al portero por tu pareja, y luego se ha suicidado". Terminada la frase, repuso su rostro de látex y se marchó.

La policía hizo las suficientes preguntas como para concluir que nada tenía que ver aquella mujer con i pareja, ni con nosotros, ni con el vecindario. Quizá conoció a alguien aquí que se llamaba igual. Durante unas horas pude contemplarla tendida en el parking. Se apreciaba perfectamente la postura del cuerpo, e incluso su colorido pantalón de flores y sus zapatillas de tenis.

 Por un momento pensé que bajaba, que la animaba a recobrar la vida y que la acompañaba hasta la parada del autobús después de plegar ambos cuidadosamente la sábana y dejarla sobre el asfalto. Imaginaba que ella se despedía desde la ventanilla agradecida, detrás de sus gafas de cristal rotas mientras me decía: “No ha sido nada, no te preocupes". Cuando entró el furgón, salí de mis pensamientos. Uno busca respuestas y encuentra más preguntas. Caro data vermibus.




Foto: F. Prieto, en Flicker, con licencia Creative Commons.

22 marzo 2011

Check-in

Aurora y yo estábamos en el recibidor del hotel. Esperábamos para inscribirnos en una larga cola. Avanzábamos a impulsos. El aburrimiento hizo que observara al resto de clientes, sobre todo a aquellos que entraban por la puerta resoplando, quejándose de lo costoso que había sido recorrer el camino entre el parking y el recibidor, una prueba de astucia y paciencia.

Aurora me hacía algún comentario y yo le respondía con cara de haber entendido, aunque tenía la atención puesta en una mujer que partía en pedacitos la foto de un piloto de aviación pelirrojo. En eso entró una pareja joven de la mano de una niña oriental, de unos siete u ocho años, de modo que me vinisteis a la cabeza. Tratando de encontrar parecido entre ella y Sofía Su-Wei y atento a sus juegos, advertí que se le acercaba otra niña más o menos de la misma edad. Si al principio deduje que serían hermanas, cuando una pareja algo mayor la reclamó para darle su juguete, entendí la casualidad. Los dados nos sonreían y avanzábamos hacia el mostrador febrilmente. Y mientras la fila se acercaba y descubríamos el horizonte de la recepcionista, observé que cruzaba la puerta una mujer sola, con otra niña oriental, también de la misma edad. En ese momento tiré del brazo de Aurora y me sonrió, ella, que me conoce bien, sabía que había respondido a sus comentarios de aquel modo porque sin duda estaba inmerso en alguna observación que no quiso perderse. Ambos nos miramos sorprendidos cuando llegó una cuarta pareja acompañados esta vez con dos niñas, ambas a dos orientales.

Quedaba muy poco para inscribirnos y sospeché que, de esperar más en la cola, el hotel se iría llenando de próceres con su niña oriental, y que terminaríamos envueltos en cabelleras lacias y oscuras bailando incesantemente a nuestro alrededor. Aurora no pudo reprimir sacar conclusiones cuando el grupo de niñas orientales nos alcanzaba la cintura. Se perseguían, se subían a los muebles, ascendían con esfuerzo por las escaleras y bajaban agarradas unas a otras con pánico;  pulsaban con insistencia el botón del ascensor y traficaban con toda clase de dulces. "Debe de ser una especie de convención", concluyó Aurora. Aunque casi siempre me produce pésimos efectos, nunca me dejo llevar por la lógica. Seguí contemplando la lluvia de niñas chinas aventurando que debía de ser un fenómeno ilusorio motivado por el jet-lag, aunque el viaje había sido corto y en automóvil. Estimé que debía de encontrar una réplica del fenómeno para acabar con la ilusión mientras cumplimentaba la ficha de registro. Cuando acabé, me quedé mirando a la recepcionista fijamente, hice ascender y descender mis cejas al unísono y le pregunté: "¿He de darle alguna contraseña?". "No, señor", contestó la recepcionista con toda su indiferente simpatía. "Le facilitamos una tarjeta de apertura automática". En ese momento supe que cuando me girara, descubriría aliviado que no hay ninguna niña en el recibidor del hotel, que Aurora ríe mi ocurrencia, y que el piloto de aviación pelirrojo pegado a mi nuca toma su turno en la recepción, mientras añade impertinente y antipático: "Para partirse".


(C) Foto Okinawa Soba AtribuciónNo comercialCompartir bajo la misma licencia  

31 enero 2011

Un hombre armado hasta los dientes

Ha entrado en silencio y se ha sentado. No sé cómo se llama. He esperado unos minutos hasta que se dieran cuenta de que patear un balón, mirar por la ventana o sentarse sobre las piernas de una compañera es algo que van a tener que dejar de hacer de un momento a otro. La mitad de ellos ha suspendido al menos la mitad de las asignaturas. La mayoría de ellos asegura que no tiene interés, pero que, a cambio, tampoco tienen ánimo ni ganas.

Les aseguro que les envidio. Se miran unos a otros y se ríen. Al menos, ellos tienen la suerte de poder hacer con sus vidas lo que les venga en gana. Solo tienen que imaginarlo. Yo ya no puedo, por mucho que trato de imaginarlo cada día. Se extrañan, pero ponen atención. Les pido que se imaginen qué quieren hacer con sus vidas.

"¿Y qué haces si después de fracasar una y otra vez, vuelves a tropezar y ya no tienes ánimo de seguir peleando?" Pregunta y no me mira a la cara ni una sola vez. Pregunta mirando al techo, no se ha quitado el plumas y tiene la mesa pegada en la boca del estómago. "Yo estoy tropezando desde que tengo tres años. Tengo 16." Tiene una forma extraña de hablar, como si tuviera a alguien impidiéndole el paso de las ideas y las guturales. El resto de la clase calla si él habla. Vuelve a preguntar, aunque la pregunta sea tonta, asegura, al tiempo que garabatea en la hoja. Dice que una visión positiva de la vida hasta el momento no le ha solucionado nada.

Han decidido que van a escribir en qué ocuparán sus vidas en el futuro, que lo colgarán en la pared de su habitación y que lo leerán cada vez que no tengan más remedio que aprender los verbos irregulares. Él mira su hoja de papel, y sigue en sus garabateos.

Es la hora de marcharse. Se queda el último, seguro en su lugar. Me acerco pensando que ya no le quedará una cuadrícula donde garabatear. No eran garabatos lo que dibujaba, sino un dibujo muy bueno, preciso, seguro, sin trazos de ensayo, la figura de un cuerpo humano, bien proporcionada, un hombre robusto, de rostro oculto bajo una media, un hombre armado hasta los dientes sin ánimo alguno de seguir peleando.

(C) De la imagen: wallyg AtribuciónNo comercialSin obras derivadas Algunos derechos reservados

16 diciembre 2010

1936, campamento de verano

Poco tiempo después de que alguien del regimiento tomara esta foto, la mayoría de los retratados fueron fusilados. Mi abuelo está sentado en la fila de enmedio, el segundo empezando por la izquierda. Estaba destinado en el cuartel de Larache, Marruecos, cuando el golpe militar del 36. Algunos de los que se sublevaron están en la foto. Vaciaron el campamento de armas y le anunciaron al Coronel que se acabó la República. Les dijeron a sus compañeros que aquellos que no estuvieran de acuerdo, no tenían por qué seguirles, y luego los fusilaron. A mi abuelo le encarcelaron porque dijo que a ese paso los fusilarían a todos. Oralizar lo que había de pasar le salvó de ello. Mi abuela decía que muchas esposas conseguían sacar a sus maridos del encarcelamiento, por muy republicanos que fueran, gracias a los favores que prestaban a los mandos. Imagino que mi abuelo odiaba tanto a Franco no por la dictadura, sino porque a partir de ese campamento de verano la vida terminó en un paredón de compañeros muertos.  Mi abuelo murió en el 72, no vio a Franco ascender a los cielos. Ni a sus compañeros salir de la fosa.

22 marzo 2010

Delitos y faltas

Cuando pienso en el movimiento cristiano recuerdo aquella frase fílmica que aseguraba del cristianismo que había contratado a un pésimo publicista: nadie en su sano juicio habría diseñado un logotipo con un hombre clavado a una madera de pies y manos. Parece ser que el Vaticano sigue contratando a los peores publicistas, y que éstos le han escrito la última omilía. Ratzinger, después de condenar la pedofilia de uno de sus sacerdotes, compara estos hechos execrables con el adulterio de la mujer, mencionando aquel "quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Es decir, que el papa parece extender el crimen de su sacerdote al resto de los humanos y, por si fuera poco, lo compara con un acto de infidelidad. Además, de infidelidad femenina.

Habría que responder a Ratzinger que a la humanidad le trae al pairo qué es y  qué no es pecado. Que lo que nos atañe es el delito, y que si Ratzinger ha hablado con dios y dios ha perdonado a los sacerdotes que abusaron, violaron y acosaron a niños y a adolescentes, dios sabrá. Mientras tanto, no hay pecado sino delito; no hay infierno, sino condena.

12 enero 2010

El póster de Levi's


Mi padre llegaba de noche y se marchaba al día siguiente. Una vez, abrió la maleta y sacó un rollo de papel muy grande. Dijo que era un regalo para mi hermano y para mí. Dijo que nos regalaba un culo. Se lo agradecimos mucho. No nos extrañó lo más mínimo porque, en primer lugar, mi padre no se define por andarse con bromas, y en segundo lugar, porque mi padre siempre nos ha regalado cosas así. Un culo, pensamos. Desplegué el rollo de papel 70x100 y mi hermano y yo nos quedamos mirando. Efectivamente era un culo, solo que a la distancia que obligaba la medida de nuestros brazos no podíamos asegurar si era un culo de mujer o un muro pintado de melocotón.

Mi hermano y yo nos reímos. Él más que yo, porque siempre se ríe con ganas de las cosas que tienen gracia, como los chistes de Mortadelo y Filemón. A mí, las cosas que me gustan de verdad me dejan en silencio. Colgamos el póster enorme en la habitación que compartíamos. A dierencia de mis hermanas, mi hermano y yo compartimos siempre habitación. Nunca supimos por qué. Quizá porque no había más que compartir. Mirábamos el culo que colgaba gracias a unas cuantas chinchetas, emplazado justo en el centro de la habitación.

Con el tiempo descubrimos que al lado del culo había un brazo, quién se lo habría figurado. Además, en el cachete derecho alguien había dibujado el pespunte del bolsillo del tejano y había pegado la etiqueta de la marca. Yo no quería imaginar el papelón de aquella chica dejándose pintar con Rotring el pespunte y al afortunado pintor con el Rotring y el pegamento Imedio en la mano. Esa imagen me llevaba  al bisonte de Altamira y al del paquete de tabaco, a Dalí pintando sobre el pecho de Amanda Lear, a las letras tachadas de las frases en protesta de Franco de las viñetas de Forges en el Por Favor, a mis dibujos infantiles donde miles de hombres con sombrero salían de lugares ocultos para ser ametrallados sin piedad. Esa imagen me llevaba a un sinfín de sitios, pero nunca a pensar en Levi's.

Hace pocos años supimos que ese cartel es uno de los más valorados gráficamente de las campañas de Levi's por los expertos en comunicación. Vaya. No lo conservamos, ni nuestra habitación, ni la casa. Pero afortunadamente nuestro padre nos sigue regalando cosas singulares.

14 octubre 2009

Yoko en el Teatro Arniches


El año pasado por estas fechas tuve la oportunidad de estrenar de nuevo con mi vieja compañía 16 años después, Jácara Teatro. De aquel entonces (1981) solo quedan tres: Juan Luis Mira, el profesor de literatura con bigote a lo Pablo Abraira, Inma Ortega y Marisol Limiñana. Para mí Marisol era Pepitina, y me gustaba bajar con ella por la cuesta de la Fábrica de Tabaco para ir al Chachá. Ella siempre me agarraba del brazo para no caerse porque tiene una malformación en las piernas que le hace tropezar y caer en demasiadas ocasiones, la pobre. La compañía ha obtenido (sobre todo desde que yo me fui) un montón de premios y ha actuado en muchos países. Este jueves y viernes a las 21 horas POR CULPA DE YOKO regresa a Alicante un año después, estarán en el Teatro Arniches. Tenéis toda la información en Facebook, en Alacalle y en muchos sitios más.

Sinopsis: cuatro mujeres deciden enfrentarse a todo y se encierran en la fábrica donde trabajan hasta que les paguen o las echen. En ese encierro nos descubren su visión de la vida, su pasado y sus secretos. Por culpa de Yoko es una obra de humor, es un musical cantado en directo, pero por encima de todo, Por culpa de Yoko es teatro actual y profundamente entretenido.

08 octubre 2009

Anne Frank en la ventana

Youtube difunde un vídeo inédito de 1941 donde se ve a Anne Frank, como dice el propio texto, leaning out of the window of her house in Amsterdam to get a good look at the bride and groom. Son 20 segundos de una situación cotidiana de la calle Merwedeplein 39 de Amsterdam. Un niño que para su bicicleta y pone el pie en el asfalto para ser absorbido por el celuloide, un hombre al fondo, en mangas de camisa, brazos en jarras, gente en la calle, alboroto de verano, y Anne Frank asomada tímidamente, contagiada de la fiesta.



23 septiembre 2009

Alteración en las decisiones

Habla El país de un estudio que han realizado unos científicos de Washington sobre ratas borrachas. Se me antoja esto mucho más útil que otros proyectos científicos universitarios. Según estos doctores, las ratas alcohólicas jóvenes ven alterada su capacidad de tomar ciertas decisiones cuando son adultas. Lástima que no se haya llegado a estas conclusiones mucho antes: yo habría bebido mucho más alcohol en mi juventud. De ese modo habría conseguido alterar muchas decisiones que tomé de adulto.

18 septiembre 2009

Me acuerdo, I remember, Je me souviens, Io mi ricordo

Me acuerdo, Joe Brainard, Sexto piso, 2009, 16 €.

Brainard era conocido como artista de la esfera de Warhol, al fin y al cabo era a lo que se dedicaba. Un día se descolgó leyendo a sus amigos sus I remember y todos quedaron atrapados para siempre. Rod Padgett cuenta que desde el momento en que Joe Brainard leyó en público aquello, todo el mundo se dio cuenta al instante de que había dado con algo maravilloso, y muchos se preguntaban cómo no se les había ocurrido una idea tan evidente. Dijo de él Paul Auster: "Con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo."
Primero fue Joe Brainard con sus I remember, luego fue George Perec, con sus Je me souviens en homenaje a éste. Marcello Mastroianni utilizó el mismo modelo en su Si, io mi ricordo. Ahora se suma la dibujante libanesa Zeina Abirached con Je me souviens Beyrouth.
Recuerda Braindard en su libro: "Me acuerdo de esas veces en que no sabes si estás muy feliz o muy triste." Recuerda Perec: "Je me souviens des bananes coupées en trois. Nous étions trois". Recuerda Abirached en relación a los bombardeos israelíes sobre Beirut: "Me acuerdo de que mi madre me enviaba varios SMS al día para tranquilizarme. Pero sé que todo lo que vivieron estaba en los mensajes que nunca me envió".
Lo cierto es que es estupendo tener una libreta donde apuntar esos me acuerdo. Decía Perec: "Es algo que aprendimos en el colegio, un campeón, una canción, un cantante, un escándalo, un slogan, un traje o una costumbre, totalmente banal, que por un milagro es arrancada a su insignificancia y es reencontrada por unos instantes, provocando unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia". Voy a colocar aquí uno:

Me acuerdo de que te levantaste del restaurante y te fuiste.

10 septiembre 2009

La busca del tesoro

El tesoro de Sierra MadreB. Traven encontraba seductor sostener que había nacido en Chicago, Illinois, en 1890, aunque se discute mucho sobre esto. Se da por cierto que Traven vino al mundo en 1882 en algún lugar de Alemania. Sabrá él dónde y cuándo nació. Lo que pasa es que a la gente le gusta discutir; en el fondo les importa un pimiento si era alemán o kazajo, y si nació entonces o antes. Estoy con B. Traven: uno nace cuando le da la gana, donde le da la gana y es originario del país que le parece. A él no le gustaba que su foto apareciera en sus libros, decía que su patria era el lugar en donde estaba y en donde a nadie interesaba quién era, de dónde era, ni lo que hacía allí.

Traven se estableció en DF, se casó con una mexicana, escribió novelas, murió hace 40 años. Entre esas novelas, El Tesoro de Sierra Madre, mundialmente conocida gracias a la intepretación que hizo en el cine Humphrey Bogart del guión que adaptó (en pie) John Huston veintiún años después de la publicación de la novela. En conclusión, qué importa quién hizo qué dónde cuándo, porque ahora tenemos la oportunidad de leer de nuevo esa novela. Vale 22 euros, cuenta la historia en 352 páginas y está editada por Acantilado.

13 agosto 2009

El mejor regalo

Durante un tiempo de mi niñez, el mundo se dividió entre plástico blando y plástico duro. Yo tendría unos diez años. Mi madre me llevó a la juguetería Rico y me preguntó qué regalo quería para mi cumpleaños. Yo había visto aquella caja de monstruos y mertos vivientes en varias ocasiones, había estado unos años atrás en el escaparate, durante la campaña de Reyes, y siguió allí durante todo el verano, entre flotadores de jirafas y gatos, esperando que algún niño dejara habitar a aquellos monstruos de plástico duro en algún castillo de arena. Pero no fue así, y a la vuelta del otoño, mientras volvía del colegio, vi a la dueña de la tienda retirar la caja y sustituirla por estuches de lápices y rotuladores, cuentos y maletines para el colegio.

Siempre que acompañaba a mi madre para elegir el regalo de alguno de mis hermanos, me separaba sigilosamente de ella y, en lugar de acercarme al escaparate para admirar los fabulosos Madelman, Big Jim o Geyperman, me dirigía al fondo de la tienda, un estrecho cuarto donde se acumulaban juguetes devueltos, pasados de moda, o rotos. Echaba la vista a la parte más alta de la estantería y allí estaba mi caja de grandes monstruos y muertos vivientes, una caja rectangular que contenía las figuras de Drácula, La Momia, Frankenstein y otros, expuestas como el friso de la Catedral de Notre Dame. Los miraba uno a uno detenidamente, sugestionado, atraído por la atávica llamada de lo oculto. Sentía tal emoción, que por muy poco que costara el juguete, no me atrevía a poseerlo.

Cuando llegó el día de mi cumpleaños, mi madre me llevó a la juguetería y me propuso regalarme un estuche con el último Madelman que acababa de salir de la fábrica. Novedad absoluta. Yo le dije que no lo quería y mi madre me miró extrañada. Me dirigí al fondo de la juguetería y le dije que quería aquel otro juguete. La dueña volvió a preguntar cuál, porque apenas sí se veía ya una esquina de la caja en la estantería. Agarró una escoba y trajo para sí la caja con el extremo. Dejó la caja sobre el mostrador y limpió el polvo, un tanto incrédula. Mi madre se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz para observar el objeto y luego me miró preocupada. ¿De verdad quieres esto? Sí. Es horrroroso. Me encogí de hombros. Mi madre abrió el monedero y pagó a la dueña sin atreverse a pedirle descuento. La dueña envolvió la caja como si envolviera un gato muerto. Al salir de la juguetería, desenvolví el paquete rápidamente y miré bien de cerca mi flamante colección de monstruos y muertos vivientes, agarrando la caja como un acordeón. Mi madre caminaba y se reía de mí, y su risa era más siniestra que la de todos mis monstruos cantando al unísono ron, ron, ron, la botella de ron. Yo la miré y también me reí con ganas. Aquel día empecé a querer a mi madre.

16 julio 2009

Afiches

Cartelera de anuncios, (C) pablodf cno licencia CreativeCommonsTe entregan la vida como si te entregaran un muro. Es un muro vacío donde los sucesos y los sentimientos son afiches. Colocas el primer afiche (la mano de tu madre al cruzar la calle), pintado con letra en tenguerengue de color rojo fresa, amarillo sol. Y luego los afiches se van llenando de palabras, de imágenes (la foto de esa chica, el accidente de moto). Cada vez los afiches son más complejos. Normalizas palabras, modelos, anuncios. Dejas espacio para afiches de otros, incluso tapan tus afiches con los suyos. En tu muro, las palabras del pasado se mezclan con las del presente en un yo colectivo. A veces, del peso se descuelgan unos cuantos, y te encuentras viejos afiches (tu hijo nació por la tarde, amaneciste con ella, se murió tu amigo, aquella noche en Bairro Alto, perdidos en Venezia). A veces te gustaría volver atrás, al muro vacío, pero sigues poniendo afiches. Esta mañana he vuelto a pensar que un día se despegarán todos, así que he pintado tu cara en un papel (rojo fresa, amarillo sol), he puesto tu nombre con letra en tenguerengue y lo he pegado, justo antes de mi abrazo.

02 julio 2009

Los años de joda de Aníbal

Aníbal se instaló en Colegiales
y colgó sus años de joda de un clavo
que atravesó en la frente de su esposa

Vendía muebles usados de oficina sobre Juan B. Justo
y accedió a un crédito de 30.000 dólares
al 15,4 % anual para un coqueto dos ambientes

Su mujer era una azafata veterana en decadencia
hacía buenos daikiris mantenía la boca cerrada casi todo el tiempo
y tenía un chihuahua llamado Johnatan
que sufría una especie de sarna y era totalmente ciego

Tenían una moderna cocina
horno autolimpiante, toda la bola
Aníbal manejaba un Duna 92
Eran tan felices

Una noche Aníbal volvía del trabajo y paró en la YPF
Cargó cuatro litros de nafta en un bidón
y un tubo de fernet que se tomó en el coche

Fue a su casa empapó todo bien y le prendió fuego
Estacionó en frente cagándose de risa mirándola arder
rojo Independiente y naranja Sai Baba
Despues Aníbal puso una FM hitera
y agarró la Panamericana rumbo al Norte
Nunca había aguantado a ese perro