04 diciembre 2006

El lector sin prisas

Hace poco más de un mes, algunos amigos, conocidos y algún desconocido comenzamos un blog sobre nuestras lecturas favoritas en 10 diarios locales de España, fingiendo que no nos importaba demasiado.

Se han unido otros amigos en este mes, y ahora somos un grupo con aspiraciones a convertirse en muchedumbre que comparte lecturas. Se trata de recomendarlas aportando, sobre todo, nuestras vivencias con ellas, como notas al margen. Todo el mundo está invitado. Incluso usted, si está leyendo este post y desea recomendar aquel libro que tanto significó, puede enviarnos su reseña a El Lector Sin Prisas.

Y puedes encontrarlo en:

Diario de Mallorca
Levante
Diario Información
La Opinión de Murcia
Diario de Ibiza
Faro de Vigo
La Opinión de A Coruña
La Opinión de Málaga
La Opinión de Murcia
La Opinión de Zamora
La Provincia de Las Palmas

01 diciembre 2006

Aún nos quedan motivos

No éramos precisamente niños de un barrio rico. Poco más allá de nuestras casas, convivían ovejas y yonkis. La carretera terminaba en el edificio del instituto. No había nada más.

Realmente, en aquella época no teníamos muchos motivos para reír. En Jácara aprendí algunas cosas. Lo que menos, teatro. Aprendí la risa, aprendí qué era la amistad. Y aprendí que, por mucho que lo estuvieras pasando mal, siempre había alguien que lo estaba pasando peor, bastante peor.

Juan Luis era el quinto de seis y su madre nunca supo de dónde había sacado esa guitarra que le arrancaba de las manos cuando se quedaba dormido. La madre de Rafa cosía zapatitos de bebé en la esquina del salón. Su padre no quiso pasar a sumergido y le despidieron de la fábrica. El padre de Manolo llegaba hasta las encías de yeso de la obra, el padre de Mila o de Inma venía con las manos negras del taller. Bruno oía cómo sus padres mantenían en pie el bar cada día a las cinco de la mañana. La familia de Eva vivió en una camioneta seis meses cuando llegó de Ceuta porque no encontraban piso. El día en que la madre de Mario dio a luz a su cuarta hija, los médicos le dijeron que no podían hacer nada por salvar a su marido del cáncer. El padre de Cristina dejó a sus mujer y a sus tres hijas por lo mismo después de 20 años trabajando en Casablanca. En algunas casas, la tragedia se había sentado al menos una vez a la mesa y se había marchado enfurecida porque apenas había algo para ella.

El sábado 2 de diciembre, 25 años después, volveremos a subirnos a un escenario algunos de los de entonces. 25 años haciendo teatro es para celebarlo, pero no creo que sea eso lo único que se celebre.

En aquel 1981 todo era muy distinto: conseguimos treinta y cinco mil pesetas, Pablo compró lienzos y pintura y nuestras madres cosieron nuestro traje. Pedimos una sala prestada y subimos al escenario ante la mirada atónita de todos ellos: padres, madres hermanos, primos, tíos… Se tomaron la tarde libre, cerraron las tiendas, pusieron una excusa para no ir a trabajar y vinieron. Vinieron todos. Y lo hicieron también los vecinos, los familiares de los vecinos y los de los puestos del mercado. Hicimos nuestra función y supimos que había un motivo para reír y para guardar un espacio donde tener alguna ilusión, a pesar de cada sacrificio, de cada adversidad.

Cayó el telón, nos aplaudieron, se levantaron, nos vitorearon como si fuera la mejor obra que jamás se hubiera representado. Y nosotros, más de treinta adolescentes de un barrio de las afueras, hijos de emigrantes de todas partes, sentimos que este mundo mezquino y hostil era nuestro por una noche.

Creímos que era teatro, y no era más que nuestras vidas.

Diario Información, 1 de diciembre de 2006


22 agosto 2006

22 de agosto de 1900

Es una foto durante la Semana Santa de 1969, por tanto mi abuela casi había cumplido 69 años. Es la segunda empezando por la izquierda. Le sigue la tía Pepa y su madre, La Male, que no eran tías, sino vecinas. La última de la derecha es mi madre. El niño que aparece casi fugaz es mi hermano. La foto pertenece en realidad a una cinta Kodak de 8 milímetros sin sonido captada por el tomavistas de mi padre.

Cuando mi abuela nació, su su hermano Jaime ya no existía. El primer contacto fue una madre cuya atención y amor se repartió entre diez hijos. Al poco de que mi abuela Montserrate naciera, a su hermano Jaime le descerrajaron un tiro en la cabeza por una discusión infantil. Mi madre cuenta que mi abuela contaba que su madre salió disparada de la casa, llenó su delantal de piedras y se fue en busca del hijo del barbero, el asesino de su hijo. Acababa de superar la cuarentena de su parto.

Gracias a la posición de la familia y a los abogados, el causante del crimen fue condenado sólo a un destierro temporal en el pueblo de San Juan de Alicante. Durante muchos años supieron que aquel joven se había convertido en un hombre y que en ocasiones visitaba el pueblo a hurtadillas para ver a sus padres. Al cabo de los años, le pidieron a mis abuelos que perdonaran. Una mañana, quizá después de una noche de conversación con mi bisabuela, mi bisabuelo mandó que llamaran al barbero para que volviera a afeitarle. Y el barbero volvió cada día, como tantos años atrás.

Aún así, mi bisabuela hizo prometer a sus hijos que no permitirían que los suyos fueran abogados. Mis bisabuelos tuvieron diez hijos y más de 60 nietos y biznietos. No tenemos noticia de que ninguno de ellos sea abogado.

27 julio 2006

Cicatrices

Anocheciendo, ayer.

-Tengo el cerebro hecho una mierda. El doctor me pidió permiso para mostrar a sus alumnos el gráfico que me hizo el escáner. Dice que se apreciaban perfectamente las cicatrices de cada infarto cerebral.

-¿Qué le dijiste?

-Que yo no lo quiero para nada y que me importa una mierda.

-¿Ves? Yo no te noto nada.

-Porque no es tu cerebro. Yo empecé a notar que no procesaba bien después de lo de la descompresión.

-¿Qué descompresión?

-Era el año 62, trabajaba desguazando barcos hundidos en Tarragona. Después de una inmersión, me quedé en cubierta a discutir de no sé qué. No hice la descompresión. Sufrí un ataque. Estuve postrado 20 días. Sufrí una parálisis, perdí el sentido del equilibrio... Tu madre estaba embarazada de tu hermana y me leía todas las tardes porque yo tenía que tener los ojos vendados para no marearme. Desde entonces ya no soy el mismo. Creo que el infarto de miocardio y la trombosis de hace unos años tampoco han ayudado mucho.

Mi padre apura el tercer café del día, mira el poso como si mirara el mar donde navegan sus palabras. Cada día le cuesta encontrarlas.


- Nada fue igual después de Zane Grey.

07 julio 2006

A felicidade é uma coisa louca

A felicidade é uma coisa louca
Mas tão delicada também
Vinicius de Moraes


Ella volvió a encontrarme en la página de un diario, donde contaba que aquel 11M yo también tuve en el bolsillo un billete de tren.

Hace unos días, dos años después, volvió la tristeza (Tristeza não tem fim), pero esa misma mañana, cuarenta personas murieron por un fallo humano mientras viajaban en un vagón. Y yo pasé de sentirme desesperanzado, triste, a sentirme tan ridículo.

Lo nuestro empezó y terminó con un montón de cuerpos entre las vías.
Mi alegría quizá llegue de la estación algo más vieja y cauta. La de ellos no.