
Mi tío abuelo recorrió un camino que comienza en Larache (Marruecos), pasa por Alicante, Barcelona, Francia, y termina en Gusen, Austria. Fue uno de los primeros en llegar a un pequeño campo de concentración que tenía como fin construir Mauthausen. Cada día caminaba varios kilómetros hasta una cantera donde trabajaba de sol a sol. Allí, veía morir a sus compañeros despeñados por el barranco por los soldados nazis. Y después, la nada. Lo último que se sabía de él es que había pasado por el cuartel donde mi abuelo estaba detenido y le había saludado con la mano, dándole a entender que se fugaba al Marruecos francés. Eso fue en 1936.
Años después, el cartero dejó un sobre en casa de su hermana, mi abuela paterna. Un pequeño documento en su interior informaba que mi tío abuelo, Antonio Llovet Ocaña, estaba enterrado en una fosa común en un campo de concentración nazi, Mauthausen.
Desde la huída a Francia, su familia había tenido la esperanza de que habría conseguido sobrevivir, y de que se habría unido al frente para liberar París. Soñaban con que fuera uno de esos héroes que aparecían en los diarios parisinos levantando la bandera tricolor, bebiendo champán o besando a jóvenes francesas. Soñaban con que, firmada la paz, regresaría a La Línea para hablarles del barrio de Saint Michel o de la vista de París desde la iglesia de Saint Sulpice.
65 años después he encontrado una página que dice dónde y cuándo murió mi tío abuelo. Es lo único que nosotros, gente que nunca pudo conocer, familia que nunca adivinó que tendría, sabemos de él.