![]() |
La explosión de la armería El Gato en Alicante |
No recuerda muy bien el color, diría que era roja, pero no está seguro. Aquella bicicleta sobrevivió a un viaje en alta mar, a una guerra, a la explosión de la casa donde se alojaba. Soportó todo menos lo único que no soportan las bicicletas de los niños: que estos dejen de serlo.
De Larache a Soria, de Soria a Calatayud, de Calatayud a Alicante. Seguramente, el penúltimo viaje de la bicicleta a aquella casa de la calle Altamira era totalmente innecesario. Mi padre ya tenía diez años, pero la vieja bicicleta les acompañó a su nueva casa: la tercera y última planta del número 32. Sobre ella, solo las bohardillas y cuartos que los vecinos usaban para sus trastos. La vivienda ocupaba toda la planta. Había sido pensión antiguamente. Treinta y dos habitaciones, un lugar que atravesar como un laberinto, donde jugar con sus dos hermanos de ocho y seis años, un lugar como un faro, donde podían asomarse nada menos que a tres calles: Altamira, Capitán Meca y San Fernando.
En la planta baja había un kiosko y una armería. Era la Armería Llopis, aunque todo el mundo la conocía como la armería El Gato. Mi padre se asomaba al hueco de la escalera y veía cómo los operarios entraban cargados de cajas de explosivos acompañados siempre por la Guardia Civil, como si aquellas cajas contuvieran en realidad el tesoro de la Isla del Esqueleto.
![]() |
Era una bicicleta roja, de piñón fijo y ruedas de goma maciza |
Una explosión, luego, el silencio. Por fin abrieron los ojos y vieron que la mitad de su casa ya no existía, solo una muralla de humo que se disipaba lentamente frente a ellos dejando ver la calle. La armería El Gato había estallado por los aires, lanzando proyectiles de piedra, causando la muerte a diecisiete personas e hiriendo a más de un centenar. En ese momento, no solo habían perdido su casa y sus posesiones, sino que estaban atrapados en una de las últimas habitaciones de la última planta de un edificio a punto de derrumbarse. Y mi padre pensó que quizá el Capitán Silver había regresado a por su tesoro.
El tiempo había muerto definitivamente antes de que comenzaran a oír golpes en la pared, en un muro de casi un metro que les separaba del edificio colindante. La pared cedió, cayeron casquetes y vieron a un grupo de soldados armados con picos, gritando, reclamando que pasaran adonde ellos se encontraban. Mi padre saltó de los brazos de su madre y pasó por el hueco con la confianza que daba el ejército español, y sintió que unos brazos fuertes le agarraban y le llevaban en volandas alejándolo del peligro. Eran los brazos de su padre, el brigada de infantería José María Sanguino.
Se mudaron a una planta baja en La Florida. La bicicleta acompañó a mi padre hasta allí, no así su gramófono. Mi padre volvió a subir a ella y se dio cuenta de que ya no podía seguir pedaleando en aquella vieja bicicleta roja, de piñón fijo y ruedas de goma. Ya era demasiado mayor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario