
Se podría decir que Mario ama realmente la música, por eso no se pierde un concierto de su cuarteto preferido de cuerda. Todos los sábados por la tarde tocan. Mario se sube a su Seat Ibiza y se dirige al centro. Deja el coche en el parking y toma asiento. Se sienta tan cerca que casi podría tocar por ellos. Los intérpretes (3 mujeres y 1 hombre) ya conocen a Mario. Es su espectador preferido. Antes de comenzar, incluso le dedican una breve mirada. Hasta la violoncelista le dirigió una vez una sonrisa y en Navidad le dedicaron un minueto. Cuando acaba el concierto, Mario aplaude de pie, con fuerza. Rara vez se ha perdido escucharlos, quizá algún día de lluvia. Pero lo peor no es el mal tiempo, sino la falta de formación de los espectadores en general, muy poco sensibles a escuchar el virtuosismo de los músicos, siempre pasando por delante, cargados de compras hasta arriba, gritando a sus niños que no crucen hasta que el semáforo se ponga verde. Pero a Mario no le preocupa lo más mínimo. Dejará un euro en la funda de un violín como siempre y volverá la próxima semana: le han prometido una pieza de Dvorak.