05 abril 2005

La sonrisa de Dolores

Dolores descubrió un día que en su marido habitaba un fantasma. Era un fantasma muy antiguo, una adolescente delgada y esbelta que paseaba levitando entre pupila y pupila de su marido, como si no lo supiera. No siempre se aparecía: las raras veces que Dolores veía ese espectro era cuando su marido perdía la mirada con las manos al volante, de vuelta a casa de una de sus excursiones de fin de semana, o frente a cualquier paisaje formidable. En cuanto Dolores le golpeaba en el hombro suavemente o la luz verde del semáforo se encendía, la chica desaparecía rauda por el rabillo del ojo.

Nunca supo quién era ese fantasma ni por qué habitaba caprichosamente en su marido, pero en pocos años aquello se volvió incómodo y Dolores decidió que tenía que poner fin. Intentó convencer a su marido de que había que hacer desaparecer ese fantasma, pero no obtuvo ningún éxito. Perdida ya toda esperanza, Dolores decidió abandonar a su marido.

Muchos años después, de regreso a la ciudad, Dolores esperaba para cruzar la avenida cuando distinguió en frente a su antiguo marido. Se le veía feliz e iba del brazo de una mujer. Dolores no pudo reprimir observarla más a ella que a él. Era una señora de aspecto mayor, poco cuidada y demasiado gorda -pensó- para el gusto de su marido. Durante unos instantes, Dolores se dejó llevar por la satisfacción de sentirse más joven y más guapa que aquella señora estirando su cuello y pasándose la lengua por el labio superior justo antes de iniciar la marcha. Y cuando Dolores estuvo a punto de cruzarse inevitablemente con ambos y vio de cerca la cara rolliza y el cuerpo fofo de la mujer embutido en un vestido feo, no pudo reprimir su sonrisa.

Dolores giró la vista cuando la pareja se alejó. Observó por última vez al que había sido su único marido, y la observó después a la mujer cómo caminaba, casi levitando sobre el pavimento. Y pensó que los fantasmas envejecen muy mal.

15 febrero 2005

El misterioso suceso del edificio Windsor

Anoche observé que mi calle estaba cortada de un lado a otro. Cuando iba a cruzarla, al borde de la acera, una mujer de pelo lacio y teñido, enfundada en un manteau beige et gants roses, se dirigía a una cámara de televisión. A varios metros, un par de mujeres igual de elegantes se situaban en idéntica pose. Por un momento pensé que habían sustituido los semáforos por reporteras.

Al otro lado de la acera, un señor de aspecto excéntrico y la mano oculta en el bolsillo, miraba un punto oscuro en el cielo con sonrisa de satisfacción.

Hoy caían diminutos copos de nieve en la calle. Al levantar la cabeza, he visto el esqueleto negro del edificio Windsor. De pronto, en el mismo lugar, el mismo señor de anoche. Le he dirigido un corto saludo, pero ha permanecido mirando con la misma sonrisa otro punto en el cielo. Esta vez, un punto ocupado por el vetusto y horroroso edificio de la Compañía Telefónica.

En ese momento he caído en la cuenta de que algo extraño estaba a punto de suceder. Algo por lo que, seguramente, esta noche mi calle se volverá a llenar de reporteras. Antes de poder dirigirle una mirada más, el hombre se ha desabrochado el abrigo y ha sacado un enorme cañón de fáseres comprimidos y ha apuntado al edificio de la Compañía Telefónica, sin duda con el fin de disparar contra él y dejarlo en la más absoluta ruina.

En ese momento, mientras yo observaba atento cómo el hombre inclinaba su cabeza tras la mira guiñando el ojo derecho, le he dicho:

-Espero que esta vez no falle, monsieur.

09 febrero 2005

He visto pasar a mi padre

Hoy ha sido un día de lluvia. Los días de lluvia son días donde paso la uña por una masa pegajosa que adhiere los vidrios a las ventanas. Las ventanas son azul plomo, como el mar donde vive papá.

Yo esperaba a mi padre. Entonces yo había perdido la voz. Un médico gordo y con gafas me dejó sin voz con cuatro años: la arrojé a un cubo que sostenía una enfermera, acompañada de un charco de sangre. Luego, esperé a mi padre en el hospital. Lo esperaba todas las noches, mirando por la ventana que daba al mar. Y ya amaneciendo, miraba a mi madre, durmiendo en el sillón, con la cabeza reposada sobre el hombro, como un pato desnucado. Yo quería preguntarle por qué papá no había llegado, pero yo no tenía voz.

Cuando mi padre pudo llegar, se sentó a mi lado y me hizo un gesto con su mano a la altura de la garganta, como preguntándome: ¿te duele? Yo contesté que no, ladeando la cabeza.

Esta mañana de lluvia, mientras conducía, he visto a mi padre en su coche azul marino. He apretado el acelerador y he puesto mi coche a su altura. Por unos segundos hemos ocupado la autovía nosotros dos. Cuando he tocado el claxon, quizá ha pensado que era un extraño avisándole de algún peligro. Por fin, me ha reconocido y ha sonreído. He levantado la mano, saludándolo desde el silencio de mi coche. Él ha levantado la suya, devolviéndome el saludo desde el silencio del suyo.

Después, he tenido que alejarme, dejándole atrás, cada vez más pequeño en mi retrovisor, pero sin dejar de mirar su coche azul marino por el espejo, y viendo cómo seguía con la mano levantada, haciendo el mismo gesto que cuando entró en la habitación del hospital y me preguntó si me había dolido la operación de amígdalas.

He pensado que sí que dolió, que nunca dejó de doler.

17 enero 2005

El viaje de los 15.000 li

Un día cualquiera de este próximo febrero, cuando llegue el viento del Este, Sofía alzará la vista y verá dos caras observándola. Aprenderá en un instante -el mismo en que florece el epífilo de pétalos anchos- que el calor de esas manos al tomar la suya será para siempre. Un proverbio chino dice que siembres tu propio árbol para cuando no puedas subir a tu hijo sobre tus hombros. El árbol de Mario y Cris crece como la flor del loto surge limpia sobre el lodo. Crece y crece, Sofía; y ríe, alondra, ríe fuerte para que te oigan las montañas de Zhongnan.


22 noviembre 2004

Los domingos

ANTES podía cobijar tu pequeña cabeza en el hueco de mi esternón, allí donde comienza el abismo de la boca del estómago. Y es allí donde todavía habita la angustia de los domingos, en la boca del estómago, justo antes de que te marches. Ayer me di cuenta de que tu pequeña cabeza ha sobrepasado mi corazón, así que mientras te secaba la nuca, colocaba mi barbilla sobre tu frente, como si pudiera con ello hacer que dejaras de crecer. En esos momentos me tumba el tiempo y me arrastra hasta cualquier otro domingo nublado y tranquilo como el de ayer.

Pero ayer no lo pude remediar y te diste cuenta de que mis ojos se habían llenado de olas y quisiste sacar una de mi lagrimal con la yema de tu dedo. Luego te quedaste mirándola como aquella vez que encontraste un diamante cuyo parecido era enorme a un trocito de marmol blanco, y que guardas en el tercer cajón hasta que decidas qué comprar con él. Ayer te quedaste mirando sorprendido mi lágrima como a ese diamante, pensando quizá que la guardarías en el cajón también junto al diamante, y luego te abrazaste a mí muy fuerte un largo minuto, más largo e intenso que cualquier otro domingo triste, y me dijiste al oído: "tranquilo, papá" .

Un día sabrás que el diamante realmente era un trocito de mármol. Quizá sientas deseos de buscar en el tercer cajón entonces, donde se guarda el verano de los cinco años. He de decirte que el trocito de mármol ya no estará: el tiempo y mi lágrima lo habrán convertido en un diamante.